He intentando en varias oportunidades dar inicio a esta entrada en la que quiero contar las anécdotas de mi viaje a Argentina, como son tantas tal vez sólo escriba sobre algunas de ellas... sin más preámbulos aquí va un resumen de lo que viví a más de 4 mil kilómetros de Colombia.
Como había pronosticado, la primera vez que le pregunté a alguien sobre cómo llegar a una calle me miró con algo de miedo y fingió no saber cómo darme la indicación no sin antes agarrar con fuerza la bolsa que llevaba, pero eso fue sólo una vez, en las otras ocasiones di con personas muy atentas, dispuestas a orientarme, que se detenían cuando veían que iba a tomar una foto para no salir en ella, que incluso se ofrecían tomarme la foto, que me daban el paso cuando iba a cruzar la calle o a salir de algún lugar, que me decían gracias por brindar un servicio o hacer una compra, muy distintos al complejo de superioridad que nos han vendido o nos hemos creado.
Sé que también había mencionado que tal vez me pedirían coca, pues resultó que la costumbre allá es llamar Coca a la Coca-Cola entonces la que terminó deseando la coca fui yo, en cada restaurante, con cada almuerzo y cada cena.
Hablando de la hora de comer debo decir que me impactó la formalidad con la que se toman ese tiempo, es como si los minutos no pasaran y todo debiera disponerse para ese momento: la entrada con pan y mantequilla, los cubiertos decentes, las servilletas de tela y las copas, es increíble pero todas las bebidas se vierten en copas o vasos y jamás se toman del envase, pero claro, yo que soy de la montaña (nací en Bogotá, a 2.600 metros sobre el nivel del mar) por supuesto omití tan fino detalle y en un par de oportunidades bebí de la botella dándome cuenta a la mitad de la bebida que prácticamente me faltaba limpiarme la boca con el mantel ¡qué falta de etiqueta! ¡si me hubiera visto mi profesora de protocolo y etiqueta! (sí, tuve una profesora de eso, pero es historia de otra entrada), luego me adapté y entendí que hasta en la plazoleta de comidas del centro comercial no se toma directamente del envase.
Y como ya había hablado del tiempo es imposible dejar de lado la paciencia de los argentinos, especialmente si se trata de hacer fila, porque sí que hacen fila para todo: para tomar el bus, para el restaurante, para entrar a una discoteca, para todo, si algo aprendí fue a hacer fila y a no quejarme porque no hay lugar en un restaurante, de hecho las personas que recibían a los futuros comensales sin duda afirmaban tener una espera de 1 hora o más, así, tranquilamente, y como parece que eso es una práctica común pues los interesados se apuntaban en una lista y se ponían a esperar, de hecho un día esperé junto con mis amigas de allá 2 horas ¡2 horas! por probar unas costillitas de cerdo, eso sí buenísimas, pero estaba impactada... y uno aquí que ve una fila de 5 personas y se va del lugar...
Es que realmente es una virtud eso de hacer fila sin desesperar, algo que admiré desde el momento en que lo vi, y mucho más si se trata del transporte público, fue muy curioso ver a la gente formadita en su fila esperando el bus y en el mismo orden verlos subierse sin armar tumulto en la entrada, como es casi lógico mi mentalidad colombiana, esa de sacar ventaja, me puso en vergüenza cuando me situé en el principio de la fila para tomar el bus sin importarme las casi 10 personas que estaban allí esperando muy juiciosas, yo sí noté que me miraron como raro pero no supe por qué, luego vi el letrero de ´fórmese atrás´ y casi dos minutos después me di cuenta que el mensaje era para mí y que yo iba al final.
Por supuesto eso no pasa en el Subte, mucho menos en hora pico, pero con tantos vagones es difícil que alguien se quede por fuera, y sí claro, se hacen aglomeraciones, sin embargo, puedo asegurar que no hay ninguna señora lanzando el bolso a más de 2 metros de distancia para autoguardarse la silla, sin duda son más educados.
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Subte. Estación Catedral. 5:25 PM Buenos Aires, Argentina. |
