miércoles, 28 de noviembre de 2012

Paseo en Bici-Taxi

La primera vez que monté en un Bici-Taxi fue para ir desde el Portal Sur del sistema de transporte masivo hasta los primeros límites del barrio El Perdomo en Bogotá.

Fue una experiencia muy divertida, era casi mediodía y el sol abrasaba, fue por esa razón que preferí en lugar de tomar un bus aventurarme a viajar en un bici-taxi.

Lo primero era saber cuánto costaba el trayecto sin parecer que jamás había utilizado el servicio, supongo que no habré sido muy convincente pero por sólo "mil pesitos mona" el conductor me llevaría a mi destino, más o menos 10 cuadras bogotanas, es decir, unas 15 en cualquier otro lugar. Le dije dónde tenía que quedarme, me subí a la cabina y arrancamos.

Mientras el señor pedaleaba yo pensaba en todo el esfuerzo físico que requería ese oficio: mover la estructura, soportar los kilos de la persona que solicita el servicio, aguantar el sol y muchas veces la lluvia.

Quise tomarle fotos porque era todo un evento en mi vida, evité hacerlo para no parecer una extraña en un lugar donde es evidente quién no es del barrio, por tratar de pasar de bajo perfil.

Cuando íbamos llegando no sabía cómo decirle al señor que parara, que me dejara ya, que no quería parecer una princesa bajando de su carroza por la flojera que tenía de caminar bajo el sol, finalmente me atreví a gritar para indicarle que me quedaría unos metros antes, el bici-taxi se detuvo, me bajé y le pagué al conductor, un señor atlético, de tez blanca enrojecida por el sol, ojos verdes y gorra.

Luego de eso siempre que puedo viajo en bici-taxi porque además de parecerme una aventura sé que es una fuente de trabajo para personas que no tienen empleos formales, aunque no deja de darme miedo la fragilidad de vehículo pues en la mayoría de ellos la cabina del pasajero sólo es una tela con vidrios de plástico.

Aquí una foto casual que le tomé a un bicitaxista al otro extremo de la ciudad.


miércoles, 21 de noviembre de 2012

Caras vemos, nacionalidades no sabemos.

Nunca me había sentido diferente hasta que me empezaron a asociar con los orientales, jamás me había dado cuenta, yo era simplemente una colombiana más, no sé cómo fue que descubrí que sí, que tengo los ojos rasgados y facciones no tan mestizas, además de ser más que blanca como amarilla.

Un día, como en 2006, fui con mi hermana a un almacén de variedades chinas, me puse un sombrero y parecía una vietnamita lista para recoger arroz. Tanto que ella me dijo que había aprendido a hablar muy bien español.

Otro día, iba en un bus de transmilenio, sentada como cosa rara, había una señora de pie con una mata, me ofrecí a llevársela y de inmediato me preguntó de dónde era, le dije "de aquí" y ella muy sonriente me dijo "pareces como coreana".

Hace dos años estaba pensando en el disfraz de halloween y la idea de una compañera fue "deberías disfrazarte de sailor moon, ya tienes los ojos".

La semana pasada que me maquille, casi nunca lo hago, me dijeron "si fueras más blanca te verías como una geisha".

Pero con todo y eso no, mi única relación con el lejano oriente es la obsesión de mi papá con los programas sobre la guerra de Vietnam, una compañera del colegio que es de Corea del Sur y que obviamente fui fiel televidente de Sailor Moon.

A mí me parece muy divertido, a propósito, alguna vez también me dijeron que parecía francesa dizque porque tengo la nariz respingada, yo sólo pienso que tengo presencia internacional y sonrío cada vez que alguien sale con una nueva ocurrencia sobre mi origen.


miércoles, 14 de noviembre de 2012

Desaparecidos

No hay peor dolor que tener un familiar desaparecido, sea o no por el conflicto armado, la intriga, la angustia, la zozobra son aterradoras.

Se vive en constante alerta por encontrar a esa persona, viva o muerta, al final lo que importa es saber dónde está, la esperanza siempre se aferra a que la noticia sea que aún vive, pese a que muchas veces sea lo contrario.

Cada familia lo asume según su temple, sus costumbres, algunas procuran detener el tiempo para que cuando la persona aparezca sienta la cercanía de antes, otras emprenden una búsqueda sin igual, muchas otras se resignan y sólo esperan que un día vuelva.

Eso fue lo que hizo mi abuela Mercedes, una mujer noble, católica profundamente creyente y practicante de la fe, decidió dejar en manos de Dios que su hijo Alejandro algún día volviera a comunicarse como lo hizo en el año 1988, nunca quiso forzar un reencuentro, murió esperando que su hijo regresara.

Él se fue de su casa por diferencias irreconciliables con mi abuelo, era otra época, mantuvo contacto con uno de los hermanos a través de cartas y esporádicas llamadas, pero luego no se supo más de él.

Hoy, una de sus hermanas lo busca, quiere conocerlo me dijo, él se fue cuando era muy pequeña, sólo lo recuerda por una foto que había en la casa, le gustaría saber por qué no volvió, contarle que sus papás fallecieron hace algo más de dos años, decirle que siempre lo tuvo presente.

Me comprometí a ayudarle, pero confieso que me da temor lo que podamos hallar: ¿y si resulta que estuvo en malos pasos? ¿y si está muerto? ¿y si nunca lo encontramos? ¿y que tal que sea guerrillero, paramilitar o narcotraficante? ¿y si nunca le importó el sufrimiento de mi abuela? ¿y si no quiere saber nada de su pasado?

Es extraño, por muchos años no supe de esta situación, cuando me enteré quise salir con letreros a la calle para que apareciera y darle ese consuelo a mi abuela, pero a medida que crecí lo olvidé, ahora que ha resurgido el tema espero tener la valentía para acudir a todas las instancias posibles y tener alguna noticia.

Escribo esto porque recibí respuesta de la Comisión Nacional de Búsqueda de Personas Desaparecidas, dicen que no tienen competencia pues la desaparición no fue en el marco del conflicto.

Recordé esta canción, tiene muchas versiones pero ninguna supera el sentimiento de la original: Desaparecidos - Rubén Blades http://www.youtube.com/watch?v=wGl-fQxMY9E.

domingo, 11 de noviembre de 2012

¿Bailas? No, gracias.

No entiendo por qué a tantas personas les gusta bailar en pareja, para mí es una tortura, sólo pensarlo me hace sentir incómoda, sentir el cuerpo de un extraño tan cerca me parece invasivo y algunas veces desagradable.

La aversión la he tenido siempre, pero, como todo ser humano en busca de aceptación, lo hice durante un tiempo, bailé con amigos, con tíos, primos y hasta con mi abuelo, bailé en pareja, en círculo, en trencito, bailé en la fiesta familiar, de rumba con desconocidos y en la reunión de la empresa. En todas las ocasiones y en todos los escenarios bailé ocultando que no me gusta hacerlo o, tal vez, aceptando que es algo que me tocó por el hecho de haber nacido en un país latino y tropical, sin negar claro, que por momentos llegué a disfrutarlo.

Pero es que una cosa es soltar el cuerpo y dejarlo que se exprese a través de los movimientos y otra muy distinta es tener sincronía con un sujeto al son de merengue, salsa o vallenato, cuando uno simplemente se deja llevar por la música se siente libre, sólo hay que sentir, pero cuando hay que coordinar con otro siquiera para no pisarse hay una verdadera tensión, no es nada agradable para mí.

Siempre digo que lo mío no es el baile, que tengo el paso del robot, que no tengo ese espíritu latino, en realidad no es así, hasta buen ritmo tengo, lo que pasa es que mi mente bloquea mis extremidades y me vuelvo un tanto torpe, pero es más por andar pendiente del ritual en sí: la invitación del tipo a bailar, el agarrón de mano, la inevitable charla, estar alerta de que no se le baje la mano a la nalga, sentir el sudor de la otra mano o la alta temperatura corporal, parecer agradable, en fin, es eso lo que me fastidia.

Sé que para muchos es indispensable que su pareja sepa bailar, dicen que es un afrodisiaco, para mí no, hace unos días concluí que eso del baile en pareja no es más que una convención social, como ayudar a los ancianos o saludar al lugar donde uno llega, nada más. De hecho, es una manera de seducir, lo fue la cumbia y lo es el reguetón, pero eso es lo que no soporto.

Por eso, en virtud de la poca madurez que puedo tener, me declaro evadida de todo plan que implique bailar en pareja.