La primera vez que monté en un Bici-Taxi fue para ir desde el Portal Sur del sistema de transporte masivo hasta los primeros límites del barrio El Perdomo en Bogotá.
Fue una experiencia muy divertida, era casi mediodía y el sol abrasaba, fue por esa razón que preferí en lugar de tomar un bus aventurarme a viajar en un bici-taxi.
Lo primero era saber cuánto costaba el trayecto sin parecer que jamás había utilizado el servicio, supongo que no habré sido muy convincente pero por sólo "mil pesitos mona" el conductor me llevaría a mi destino, más o menos 10 cuadras bogotanas, es decir, unas 15 en cualquier otro lugar. Le dije dónde tenía que quedarme, me subí a la cabina y arrancamos.
Mientras el señor pedaleaba yo pensaba en todo el esfuerzo físico que requería ese oficio: mover la estructura, soportar los kilos de la persona que solicita el servicio, aguantar el sol y muchas veces la lluvia.
Quise tomarle fotos porque era todo un evento en mi vida, evité hacerlo para no parecer una extraña en un lugar donde es evidente quién no es del barrio, por tratar de pasar de bajo perfil.
Cuando íbamos llegando no sabía cómo decirle al señor que parara, que me dejara ya, que no quería parecer una princesa bajando de su carroza por la flojera que tenía de caminar bajo el sol, finalmente me atreví a gritar para indicarle que me quedaría unos metros antes, el bici-taxi se detuvo, me bajé y le pagué al conductor, un señor atlético, de tez blanca enrojecida por el sol, ojos verdes y gorra.
Luego de eso siempre que puedo viajo en bici-taxi porque además de parecerme una aventura sé que es una fuente de trabajo para personas que no tienen empleos formales, aunque no deja de darme miedo la fragilidad de vehículo pues en la mayoría de ellos la cabina del pasajero sólo es una tela con vidrios de plástico.
Aquí una foto casual que le tomé a un bicitaxista al otro extremo de la ciudad.
