miércoles, 26 de diciembre de 2012

Pasto: una grata sorpresa

En mayo de 2011, no recuerdo bien la fecha, tuve que ir por trabajo a Pasto, era la primera vez que viajaba a esa ciudad. Luego de un vuelo corto, 45 minutos, las montañas del aeropuerto de Chachagüi se destacaban en el horizonte y el cielo nublado mágicamente se despejaba, al bajar del avión se percibía un clima cálido, mi primer pensamiento fue "no es tan frío como dicen", afirmación del que no conoce.

Ya en el taxi que me llevaría a Pasto el clima comenzó a tornarse frío, el viaje fue por una carretera de muchas curvas, 56 en un recorrido de 28 kilómetros según me comentó un taxista, un dato que  no sé qué tan cierto sea pero que me impresionó, por eso lo destaco.

Al ingresar a la ciudad se veían casas que se extendían hacia las montañas del Valle de Atriz, edificios de no más de 5 pisos, calles un maltratadas por el paso de tractomulas y un cielo cubierto de nubes.

Después de la jornada laboral dos compañeros me invitaron a tomar hervido, la bebida típica de la región, en el ambiente del restaurante el olor a canela y aguardiente se mezclaban y auguraban un momento para apaciguar el frío de la ciudad pues este trago es una infusión de los ingredientes ya mencionados con jugo de lulo o mora, su sabor dulce con un toque ácido lo hacía tan agradable no dudé en pedir uno más.

Al día siguiente tuve la oportunidad de ver al famoso Volcán Galeras entre la espesa neblina de la lluvia, me impactó su tamaño y la cercanía a la ciudad, parecía una montaña inofensiva pero es una amenaza latente pues es un volcán activo.


Ya en la noche recibí la invitación más esperada: ir a comer cuy, desde que supe que iba a viajar a Pasto sabía que era un plan obligatorio. Para muchos puede ser algo normal, pero para mí, que odio los ratones, que dejé de ver Tom y Jerry cuando me agarró la fobia por esos animales, era todo un reto porque el cuy es un roedor.

Cuando llegamos al restaurante, algo así como un asadero de pollos, evité mirar justo hacia el asador, entré con desconfianza de sólo pensar que iba a ver uno de esos animales por ahí, aunque no era lógico obviamente. A mi acompañante le había dicho que me daba impresión comerme un animal de esos pero que era imposible no hacerlo pues si no era en el lugar de donde es representativo no lo iba a hacer, ante esa confesión ella lo pidió sin cabeza y cortado en trozos, algo que le agradecí profundamente.

Pasados 15 minutos nuestro manjar llegó a la mesa y casi me muero del susto, con tan sólo ver las patas y las uñas me entró un ataque de risa nerviosa que intenté disimular sin mayor éxito, al ver que yo no era capaz de probar el primer bocado mi compañera me dijo "si quiere le quito las patas", lo único que hice fue asentir con la cabeza, no podía parar de reírme.

Luego de eso era inevitable comer así que agarré el primer pedazo con la mano, me lo llevé a la boca y me lo pasé sin saborearlo tratando de evitar hacer gestos que pudieran demostrar algún tipo de desaprobación, me daba pena, con el transcurrir de los minutos fui perdiendo la impresión, masticaba con normalidad percibiendo el sabor que es como a pollo aunque el aspecto es similar al de la carne de cerdo.

Cada bocado de cuy lo alternaba con sorbos de gaseosa, mordiscos de papa salada y puñados de maíz pira que me llevaron a decir "me llené, ya no puedo comer más", dejando servidas 4 porciones, la mitad del animal. Entre risas mi compañera insistía en que comiera más pero le dije "no, ya estuvo bien el experimento" y fue así como terminó ese momento eterno en el que me comí uno de mis más grandes temores.

Para despedirme de Pasto fui a la Laguna de La Cocha o Lago Guamuéz que queda como a treinta minutos en carro por la carretera que va al Putumayo. A medida que avanza el trayecto se empieza a ver una gran reserva forestal y de pronto como si nada aparece un espejo de agua bordeado por nubes.


Mi acompañante me indicó que el recorrido por la laguna era casi obligatorio por lo que nos embarcamos en una de las varias lanchas que hay en uno de los brazos de la laguna con destino a la isla de La Cotora, un santuario de flora y fauna, la cual se recorre en 20 minutos a través de un sendero que llega hasta un mirador donde se ve la gran extensión de la laguna.



Cuando volvimos a la lancha empezaron a caer gotas que se convirtieron en un aguacero torrencial  llenando de aventura el regreso a tierra firme por el oleaje que hacía que la lancha se moviera de lado a lado. 




El viaje culminó almorzando trucha de la laguna en un restaurante de una familia afro y con la calma que deja la tormenta que creo se puede sentir a través de esta última foto.

Tal como lo dijera su seudónimo, Pasto fue la ciudad sorpresa, un lugar del que no esperaba nada pero que me atrapó con sus hermosos paisajes y el encanto de sus habitantes.

jueves, 20 de diciembre de 2012

Arauca, la frontera

Hay lugares a los que uno viaja por descanso o diversión, a muchos otros se llega por trabajo, ese siempre ha sido el caso cuando he ido a Arauca, la capital del departamento que lleva el mismo nombre.

La primera vez fue en abril de 2008, el avión en el que iba tenía capacidad para 50 pasajeros, incluida la tripulación, era pequeño y aún conservaba su olor a nuevo. Al hacer check-in en el Aeropuerto El Dorado en Bogotá había escogido el puesto que da a la ventana, sin embargo, cuando subí al avión había una niña de unos 12 años sentada en mi lugar, tuve el dilema moral sobre si pedirle que se retirara, pero como pudo más mi gusto por ver el paisaje, la niña se cambió a la silla contigua que era la que le correspondía, una vez despegó el avión dijo “¿me puedes dar la mano? Es que me da miedo”, me sentí mal por no haberle cedido mi silla, pero luego el sentimiento se desvaneció y comenzamos a hablar.

El vuelo transcurrió tranquilo, sin precipitaciones, ya llegando la niña me volvió a tomar de la mano,  cerró muy fuerte los ojos  y no pudo evitar dar un pequeño grito, la apreté fuerte para que sintiera seguridad aunque debo confesar que también sentí nervios por el aterrizaje.

Lo primero que percibí al llegar fue el calor, la poca brisa que pasaba era caliente y no había manera de refrescarse más que teniendo el aire acondicionado lo más frío posible, según el IDEAM* la temperatura promedio del año es de 35 grados centígrados, con una máxima de 40 grados y humedad del 75%, según comentaban los lugareños había días en que se percibían temperaturas de 45 grados, en conclusión, el calor era insoportable.

Normalmente cuando se habla de Arauca muchas personas no recuerdan que es un departamento fronterizo con la hermana República Bolivariana de Venezuela, pues a pesar de que yo lo sabía fue sorprendente ver la influencia del país vecino en esta ciudad: en las tiendas primaban los productos venezolanos, en la televisión gran cantidad de canales eran también venezolanos y en las calles la mayoría de carros tenían placas obviamente venezolanas.

Incluso el gran atractivo es ir a El Amparo**, municipio venezolano hasta donde hay paso libre (sin permiso o visa) para colombianos, allí se compran víveres y elementos de aseo por precios 3 veces más bajos que en ciudades como Bogotá.

Para llegar sólo se necesita un carro con placa de Venezuela, para evitar la suspicacia de la Guardia venezolana, bolívares y un maletín discreto pues según decían sólo se pueden comprar 3 productos iguales para evitar el monopolio.

Aunque también se puede pasar en lancha o canoa, así lo hice una vez por invitación de un guía local voluntario, por tan sólo mil pesos navegamos por el río que divide a Colombia de Venezuela en una embarcación de madera impulsada por el remo de su dueño. Confieso me asusté al subir, en el recorrido y al bajar, imaginaba el momento de caer al agua pues la canoa se tambaleaba y no contábamos con chalecos salvavidas por si pasaba algo, "eso aquí no se usa" me dijo el señor que me acompañaba, fueron 5 minutos largos.


El Amparo desde Arauca por el punto donde cruzan las lanchas. 
Fotografía y pie de foto tomados de la versión web del periódico El Mundo de España. http://www.elmundo.es/america/2011/02/06/colombia/1297004520.html

¿Qué más puedo decir de Arauca Capital? que es una ciudad con ambiente de pueblo, pequeña, de casas grandes con techos altos, donde se acostumbra a almorzar de 12 a 2 de la tarde tiempo en el cual todos los almacenes cierran, con gente muy amable y orgullosa de su municipio, un lugar en el que la tranquilidad es más un ambiente de tensa calma pues los problemas de seguridad en el departamento no cesan pese a que cuentan con un Distrito Militar y una Estación de Policía en la capital.

A Arauca fui 3 veces más, las novedades del último viaje fueron el cambio de avión por uno de mayor capacidad y que esa vez sí fui preparada para las comprar, llegué a Bogotá con una caja llena de jabones, cremas dentales, desodorantes que me duraron todo un año.

Instituto de Hidrología, Meteorología y Estudios Ambientales de Colombia.

jueves, 13 de diciembre de 2012

Medellín

La primera vez que visité Medellín viajé en bus la noche de un viernes en junio de 2007, durante las dos semanas anteriores había llovido bastante, se reportaban derrumbes en la carretera por lo que tenía cierto temor sobre las condiciones del viaje, sin embargo, comprados los tiquetes con una semana de anticipación no había marcha atrás.

Luego de algo más de una hora de viaje casi todos los que íbamos en el bus estábamos dormidos, todo era paz y tranquilidad hasta que un loco, "enmariguanado" dijo el conductor, nos despertó gritando "¡pare, pare, que nos vamos a estrellar!", abrí los ojos de inmediato y con el corazón en la mano y la cabeza confundida miré hacia todos lados para comprobar lo que decía, fue un instante de tensión que se desvaneció cuando oí la risa del conductor y noté que no era cierto.

De vez en cuando me acomodaba en la silla, revisaba llevar conmigo todos mis objetos personales y que el señor que iba a mi lado no estuviera en actitud sospechosa hacia mí, siempre he sido un poco paranoica y estando sola peor.

En uno de esos momentos vi que empezábamos a pasar por el puente que cruza el Río Magdalena, noté que era inmenso y que no se comparaba con los charcos gigantes a los que les daba ese nombre cuando estaba en el colegio, las luces del puente iluminaban el agua que se veía como una gran mancha negra, se percibía el calor en las bombillas, fue algo emotivo.

Ya comenzando el amanecer volví a despertarme y poco a poco fui viendo cómo lo urbano le robaba espacio a la montaña para abrirle camino a la ciudad, había una gran cantidad de urbanizaciones que se separaban cada vez menos a medida que avanzaba el camino, la neblina de la mañana se despejaba para convertirse en nubes, supuse que era efecto del calor que comenzaba a sentirse a pesar de la lluvia, de un momento a otro aparecieron ante mis ojos un sinnúmero de edificaciones, estaba en Medellín.


Llegué al Terminal del Sur y tomé un taxi, le dije que iba para El Poblado y ante la pregunta sobre cuál ruta escoger sólo pude tratar de fingir que conocía las vías que me estaba indicando y elegí una, nunca supe si fue una buena decisión. El señor me hablaba y yo sólo trataba de disimular que era la primera vez que estaba allí, efectos de la paranoia.

Me impresionó una valla publicitaria gigante cerca a la Plaza de Toros La Macarena que invitaba a las mujeres a quererse como son y a evitar la bulimia y la anorexia, pensé en la utilidad del mensaje para una ciudad insignia de la moda, la costura y las mujeres de medidas exuberantes.

Algo sabía sobre el sector en el cual una amiga me alojaría pero no imaginaba que se diferenciara tanto de los de la entrada a la ciudad, era un conjunto de tres torres de 18 pisos cada una, el apartamento no tendría más de cinco años de construcción, tenía un balcón desde donde se veía gran parte de la ciudad y el Aeropuerto Enrique Olaya Herrera, del cual vi despegar y aterrizar varios aviones como si estuviera jugando con una pista en frente mío.


Para no extenderme sólo diré que pasé por los lugares turísticos de la Ciudad, caminé muchísimo y en casi 50 horas traté de conocer lo que más pude, lo bonito claro está, porque si bien para esa época la situación de orden público no era tan difícil como ahora, es bastante conocido que Medellín tiene altos índices de inseguridad y delincuencia común en lugares donde por supuesto no vamos los turistas.


Vista desde el Metro Cable, medio de transporte masivo.

Luego de un maratónico fin de semana, la mayor satisfacción fue atreverme a hacer un recorrido tan largo sola, 9 horas de ida y de regreso me hicieron dar cuenta que vale la pena el agotamiento de la semana siguiente por vivir una experiencia más allá de las imágenes televisadas.

martes, 4 de diciembre de 2012

La Fortuna de Viajar

Pensando sobre qué escribir esta semana recordé que tenía pendiente hacer una entrada sobre viajes y haciendo memoria de los lugares que he visitado entendí que no puede ser sólo una, me propondré hacer una serie de no sé cuántos capítulos sobre cada pueblo o ciudad por la que he pasado y escribo pueblo aunque no sea políticamente correcto porque me parece una palabra simpática, no le veo lo peyorativo.

Tengo muchas ideas y frases sueltas sobre los viajes, pero la que más retumba en mi cabeza es que viajar es una fortuna, no sólo porque se asemeja a tener un tesoro, sino también, porque en muchas ocasiones se convierte en un evento que sucede de manera inesperada, tal como lo dice el diccionario.

Para muchas personas ir de un lugar a otro puede ser tan normal que le pierden el gusto, para mí no habría peor situación que esa, es como si uno se resignara a vivir en la cotidianidad, sí es cierto que hay ocasiones en que viajar muy seguido cansa aunque es más por estar acostumbrado a la comida de la casa, a la cama y, en mi caso, a la almohada, yo puedo dormir hasta en una fiesta con mil vatios de potencia de un parlante en el oído (tengo testigos), pero nunca con una mala almohada, no puede ser blandita, tampoco dura, no muy alta pero si es bajita peor, que no tenga pedazos de algodón apelmazados dentro y que ojalá tenga una funda blanca, de lo contrario no puedo confiarle mi cabeza.

Más allá de eso, viajar es tener la posibilidad de ver el mundo con otros ojos, de aprender de otras culturas, otra idiosincrasia, de conocer personas con las que uno jamás habría imaginado interactuar, es algo que abre la mente y que lo convierte a uno en un ser, sino más respetuoso, por lo menos más tolerante.

Soy de la filosofía de "arrancar para donde digan", no le pongo mucho ´pero´ al lugar o a las condiciones, a la compañía sí, incluso a veces prefiero viajar sola, eso de compartir habitación para disminuir gastos, llegar a acuerdos sobre dónde comer y qué planes hacer puede llevar a disgustos o a que alguno tenga que resignarse a hacer lo que no quiere por evitar confrontaciones y eso hace que el viaje no sea tan grato, aunque ayuda a forjar el carácter.

Sólo espero poder transmitir todas esas emociones que me han producido los viajes que he realizado, no será fácil recordar con detalle situaciones que pasaron hace varios años... haré mi mejor esfuerzo.


Bucaramanga, Santander. 12 de Julio de 2008. Vuelo en Parapente.