En mayo de 2011, no recuerdo bien la fecha, tuve que ir por trabajo a Pasto, era la primera vez que viajaba a esa ciudad. Luego de un vuelo corto, 45 minutos, las montañas del aeropuerto de Chachagüi se destacaban en el horizonte y el cielo nublado mágicamente se despejaba, al bajar del avión se percibía un clima cálido, mi primer pensamiento fue "no es tan frío como dicen", afirmación del que no conoce.
Ya en el taxi que me llevaría a Pasto el clima comenzó a tornarse frío, el viaje fue por una carretera de muchas curvas, 56 en un recorrido de 28 kilómetros según me comentó un taxista, un dato que no sé qué tan cierto sea pero que me impresionó, por eso lo destaco.
Al ingresar a la ciudad se veían casas que se extendían hacia las montañas del Valle de Atriz, edificios de no más de 5 pisos, calles un maltratadas por el paso de tractomulas y un cielo cubierto de nubes.
Después de la jornada laboral dos compañeros me invitaron a tomar hervido, la bebida típica de la región, en el ambiente del restaurante el olor a canela y aguardiente se mezclaban y auguraban un momento para apaciguar el frío de la ciudad pues este trago es una infusión de los ingredientes ya mencionados con jugo de lulo o mora, su sabor dulce con un toque ácido lo hacía tan agradable no dudé en pedir uno más.
Al día siguiente tuve la oportunidad de ver al famoso Volcán Galeras entre la espesa neblina de la lluvia, me impactó su tamaño y la cercanía a la ciudad, parecía una montaña inofensiva pero es una amenaza latente pues es un volcán activo.
Ya en la noche recibí la invitación más esperada: ir a comer cuy, desde que supe que iba a viajar a Pasto sabía que era un plan obligatorio. Para muchos puede ser algo normal, pero para mí, que odio los ratones, que dejé de ver Tom y Jerry cuando me agarró la fobia por esos animales, era todo un reto porque el cuy es un roedor.
Cuando llegamos al restaurante, algo así como un asadero de pollos, evité mirar justo hacia el asador, entré con desconfianza de sólo pensar que iba a ver uno de esos animales por ahí, aunque no era lógico obviamente. A mi acompañante le había dicho que me daba impresión comerme un animal de esos pero que era imposible no hacerlo pues si no era en el lugar de donde es representativo no lo iba a hacer, ante esa confesión ella lo pidió sin cabeza y cortado en trozos, algo que le agradecí profundamente.
Pasados 15 minutos nuestro manjar llegó a la mesa y casi me muero del susto, con tan sólo ver las patas y las uñas me entró un ataque de risa nerviosa que intenté disimular sin mayor éxito, al ver que yo no era capaz de probar el primer bocado mi compañera me dijo "si quiere le quito las patas", lo único que hice fue asentir con la cabeza, no podía parar de reírme.
Luego de eso era inevitable comer así que agarré el primer pedazo con la mano, me lo llevé a la boca y me lo pasé sin saborearlo tratando de evitar hacer gestos que pudieran demostrar algún tipo de desaprobación, me daba pena, con el transcurrir de los minutos fui perdiendo la impresión, masticaba con normalidad percibiendo el sabor que es como a pollo aunque el aspecto es similar al de la carne de cerdo.
Cada bocado de cuy lo alternaba con sorbos de gaseosa, mordiscos de papa salada y puñados de maíz pira que me llevaron a decir "me llené, ya no puedo comer más", dejando servidas 4 porciones, la mitad del animal. Entre risas mi compañera insistía en que comiera más pero le dije "no, ya estuvo bien el experimento" y fue así como terminó ese momento eterno en el que me comí uno de mis más grandes temores.
Para despedirme de Pasto fui a la Laguna de La Cocha o Lago Guamuéz que queda como a treinta minutos en carro por la carretera que va al Putumayo. A medida que avanza el trayecto se empieza a ver una gran reserva forestal y de pronto como si nada aparece un espejo de agua bordeado por nubes.
Mi acompañante me indicó que el recorrido por la laguna era casi obligatorio por lo que nos embarcamos en una de las varias lanchas que hay en uno de los brazos de la laguna con destino a la isla de La Cotora, un santuario de flora y fauna, la cual se recorre en 20 minutos a través de un sendero que llega hasta un mirador donde se ve la gran extensión de la laguna.
Cuando volvimos a la lancha empezaron a caer gotas que se convirtieron en un aguacero torrencial llenando de aventura el regreso a tierra firme por el oleaje que hacía que la lancha se moviera de lado a lado.
El viaje culminó almorzando trucha de la laguna en un restaurante de una familia afro y con la calma que deja la tormenta que creo se puede sentir a través de esta última foto.
Tal como lo dijera su seudónimo, Pasto fue la ciudad sorpresa, un lugar del que no esperaba nada pero que me atrapó con sus hermosos paisajes y el encanto de sus habitantes.
Qué buena crónica Caro! Me resulta excepcional la experiencia y sobretodo haber visto que fuiste capaz de afrontar tus miedos por el "CUY". Sirve además de analogía para la vida misma: No hay forma de superar los miedos si no es "pegandoles un mordisco y pasandolos con gaseosa".
ResponderEliminarPor otro lado, buenísimo ir a Pasto. Alguna vez tendré que ir.