El día anterior había indagado
sobre cómo llegar, pues en una ciudad de más de 8 millones de habitantes hay
lugares por los que no se transita, sabíamos que el punto de referencia era la
Plaza de Mercado Los Luceros y luego de preguntarles a otros compañeros nos
aconsejaron que debíamos llegar al Portal Tunal y de ahí tomar un bus
alimentador.
Sin mayores indicaciones sobre
cómo llegar emprendimos el recorrido partiendo desde la calle 19 con Avenida
Caracas, tomamos un bus de Transmilenio en la estación que lleva el mismo
nombre de la calle y sobre las 11:15 de la mañana nos dirigimos hacia el Barrio
El Lucero.
Luego de 30 minutos en el bus
llegamos al Portal Tunal, un lugar cubierto por una leve neblina propia del
frío del día y consecuencia de las lluvias del día anterior, se percibía un
olor fétido y con caras de extraños preguntamos en el punto de información
turística cómo llegar a la Plaza de Mercado Los Luceros.
Nos informaron que debíamos salir
a la Zona de Alimentación, que contrastando con la pobreza visible no se
refiere al apoyo para cumplir con la nutrición de los habitantes sino que se
debe entender como un lugar de donde salen rutas de buses para los barrios a
los cuales no llegan los articulados de Transmilenio, luego debíamos tomar el
bus con destino a San Joaquín y bajarnos en la cuarta parada.
Así lo hicimos, minutos después
de nuestra consulta, a las 11:48 de la mañana, estábamos subiéndonos al bus
verde con destino a la Plaza de Mercado que sólo había visto en una foto por
Internet. El bus comenzó su recorrido hacia lo que en esa ubicación se puede
considerar el Occidente, se abría paso sobre las calles angostas, luego de 15
minutos no había hecho la primera parada, con mis compañeros de trabajo
afirmamos que para donde íbamos era bastante lejos.
El tráfico de la zona hacía más
lento el recorrido, la Avenida por la que tenía que pasar el bus parecía ser
una vía principal pero no logramos identificar si era la Avenida Boyacá o la
Avenida Villavicencio, el hecho era que de 3 carriles que tenía había una parte
donde se reducía a uno por obras que se estaban realizando, eso sumado a una
gran cantidad de tracto mulas y camiones, dificultaba la movilidad en la zona.
La Avenida, construida sobre una
montaña, permitía divisar la zona, una planicie cubierta de casas de no más de
3 pisos, al lado derecho se veían más cerros la mayoría cubiertos de casas con
la estética propia de las zonas vulnerables o marginales, tal como pudieran ser
las favelas en Sao Pablo o las comunas en Medellín que se ven en televisión.
Algo impactante de ese panorama
fue observar una delgada línea entre lo rural y lo urbano pues cerca a un punto
que sirve como botadero de basura había un potrillo junto a la yegua que lo había
parido no hace muchos días y en seguida, unas escaleras en zigzag que permiten
llegar hasta lo más alto del cerro donde también hay casas, así se convive en
la selva de cemento.
A escasos metros el bus hizo la tercera
parada, se abrieron las puertas y varias personas subieron y se bajaron, la
pregunta de una compañera que nunca había utilizado el servicio del alimentador
fue “¿uno se puede subir y bajar y no paga?”, más allá de la respuesta, el
hombre que estaba sentado a su izquierda la miró como reconociendo que ella no
era de esa zona y trató de seguir conciliando el sueño que era evidente en su
rostro.
El recorrido continuó, todos
estábamos pendientes de la siguiente parada para llegar a nuestro destino, el
hombre que iba sentado de un momento a otro abrió los ojos y mi compañera le
preguntó si estábamos cerca de la Plaza de Mercado de Los Luceros, él afirmó
que sí, que debíamos bajarnos y caminar 2 cuadras, que era cerca y que se veía
desde lejos, claro, una estructura de 11 mil millones de pesos era de notarse
entre casas cuyo precio no llega al 1% de ésta. Aquí una foto de cómo se ve por
fuera la Plaza (*)
Plaza
de Mercado Los Luceros. Foto: Portal de Bogotá. Mapa Callejero.
Una vez llegamos a algo similar a
un parque, una cancha para ser más precisa, nos bajamos del bus tratando de
evitar los empujones de quienes quería subir, para ese momento eran las 12:17
de la tarde, duramos 30 minutos entre el Portal y la Plaza de Mercado.
Estábamos allí, en el lugar al
cual no sabíamos llegar, caminamos 2 cuadras haciendo cara de conocer el sitio,
procurando no mostrar el desconocimiento del terreno, esquivando los
pensamientos sobre la inseguridad de la que nos advirtieron, tratando de pasar
inadvertidos pese a que la pregunta sobre cómo llegar a la Plaza en el bus ya
nos había hecho acreedores de miradas inquietas que nos veían como forasteros
en nuestra propia ciudad.
Sinceramente había pensado que
era peor, que íbamos a encontrarnos con personas que nos harían cambiar de
acera por miedo a que se acercaran a nosotros, pero resultó ser un lugar
residencial, había muchas casas, niños con uniforme, lo que sugería que salían o
llegaban del colegio, en algunas de estas casas el primer piso se adaptaba como
local comercial, había papelerías, tiendas, misceláneas, restaurantes.
El clima ya era menos frío, las
calles estaban pavimentadas, lo que daba cuenta de no ser un lugar tan vulnerable.
Llegamos a la Plaza de Mercado y allí hicimos el reconocimiento del lugar, que
era nuestra actividad en dicha zona, para mí era más que eso, era una nueva
experiencia, una forma de reconocer esos lugares que esconde Bogotá y de
eliminar los preconceptos que llevan a la discriminación.
Si bien no es un lugar donde
quisiera vivir, es evidente que muchas personas sí lo hacen y en esa zona
específica parecía ser un buen lugar comparado con lo que se veía a lo lejos, y
bueno, habría querido tomar muchas fotos, mostrar a través de la cámara los
alrededores de este barrio, sin embargo, por seguridad y por tratar de cumplir
ese mal llamado mandamiento colombiano de “no dar papaya” fue necesario protegerme
en esa mega construcción y sólo fue posible conseguir algunas fotografías a
través de las ventanas de la Plaza de Mercado.






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