viernes, 17 de agosto de 2012

Coqui

Un día, cuando recorría las calles del centro de Bogotá, recordé la historia de un perro familiar la cual escribí hace años y que ahora reproduzco con algunas mejoras.

Se llamaba Coqui, no sé si así se escriba, porque tampoco sé quien le puso ese nombre para preguntarle, era un perrito muy particular, no sé a qué raza pertenecía, pero podría decir que era "chandoso" o "criollo".

Era de tamaño mediano, café, de pelo más bien fino y con una cola larga y peluda, su característica más sobresaliente era su brotado ojo izquierdo, entre azul y verdoso, siempre creímos que era ciego de ese ojo, aunque nunca lo confirmamos, su otro ojo era café.

Coqui fue el perrito que nunca tuve en mi casa, era el perro de la familia, vivía en la casa de mis nonos, abuelos para los que desconocen el término, en el Socorro, Santander, y lo veía todas las vacaciones, es decir, toda la vida, porque nunca supe en qué momento entró a ser parte de la familia.

Cuando viajábamos al Socorro Coqui siempre estaba ahí, salía a nuestro encuentro y nos batía su cola dándonos la bienvenida a una o dos semanas de integración familiar.

El lugar favorito de Coqui, lo digo porque estaba ahí la mayor parte del tiempo, era debajo de la mesa del comedor, supongo que era uno de los pocos lugares frescos en medio del calor socorrano. Al momento en que nos sentábamos a desayunar, almorzar o comer solía ocurrir el mismo accidente, alguien le pisaba una pata al correr la silla y al oír el llanto del perrito no había otra reacción que regañar al que había lastimado a Coqui.

Para mis primos y para mí era una distracción que Coqui estuviera rondando el comedor porque le hablábamos y en varias ocasiones le dábamos de lo que comíamos por lo que nos ganábamos el llamado de atención del adulto que nos veía en esas.

Luego del "almuerzo" generalmente se echaba a dormir y recuerdo que roncaba, pero una vez hecha la siesta era muy juguetón. Con mis primos lo molestábamos mucho, si estaba en el primer piso lo hacíamos subir al segundo diciéndole que había un gato, el perrito corría a buscar el dichoso gato y obviamente nunca había nada.

Así transcurrieron muchos momentos con Coqui, constantemente con la misma broma que nunca fallaba, pues siempre lo hacíamos subir corriendo y luego de que veía que no había gato se quedaba un rato por ahí y luego bajaba.

Uno de los recuerdos más angustiantes de mi niñez fue cuando Coqui casi muere ahogado en un río. Ese día estábamos de paseo con toda mi familia en algún balneario relativamente cercano al Socorro, unos de mis primos y yo estabamos en la piscina mientras mis tíos y nonos estaban en el río, cuando de repente llegaron otros primos completamente asustados, gritando:¡su papá ahogó a Coqui!.

Fue un momento de tensión y nerviosismo, inmediatamente todos salimos corriendo para saber qué estaba pasando, viene a mi memoria ver a mis tíos y a mi papá correr en el sentido de la corriente para rescatar a Coqui, además de las caras de aflicción de mis primos y sus comentarios lamentando el hecho y culpando sin duda alguna a mi papá.

Mis tios sacaron a Coqui del agua, todos corrimos a acariciarlo y a saber la razón de semejante susto: pues resulta que a mi papá se le ocurrió poner a nadar a Coqui, porque, según él, obviamente todos los perros nadan, con lo que él no contó fue con la ya mencionada ceguera del ojo izquierdo del perrito y la posible pérdida de visión del ojo derecho, lo que, seguramente le impidió nadar.

A medida que fuimos creciendo obviamente Coqui fue envejeciendo y ya no jugaba como antes con nosotros, era apenas natural, su vejez se hizo evidente cuando en unas vacaciones lo vimos con una patica rota que según nos dijeron llevaba así un tiempo sin sanarle.

Hasta que otras vacaciones llegamos como siempre al Socorro y Coqui no aparecía para saludarnos, le preguntamos a mi nono y nos dijo que seguramente lo había atropellado un camión hacía unas semanas, porque el perrito había salido de la casa, algo que hacía a menudo pero siempre regresaba, sin embargo, esta vez no había vuelto y a mi nono le habían dicho que vieron a Coqui muerto en una calle.

Un triste final para un perrito que nos hizo explorar el afecto sin importar las condiciones físicas o apariencia.

Coqui fue un integrante más de mi familia, que aún hoy, después de algunos años de su muerte, recuerdo con mucho aprecio y alegría, porque nos hizo divertir en todas esas vacaciones en el Socorro.

Esto fue lo que me hizo recordar aquel perrito café que caminaba con gracia y rapidez y que vi por la Avenida Jiménez entre séptima y octava un día cualquiera mientras iba en el bus en dirección a la estación de las Aguas en octubre de 2006.

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