Se
llamaba Coqui, no sé si así se escriba, porque tampoco sé quien le puso ese
nombre para preguntarle, era un perrito muy particular, no sé a qué raza
pertenecía, pero podría decir que era "chandoso" o
"criollo".
Era de
tamaño mediano, café, de pelo más bien fino y con una cola larga y peluda, su
característica más sobresaliente era su brotado ojo izquierdo, entre azul y
verdoso, siempre creímos que era ciego de ese ojo, aunque nunca lo confirmamos,
su otro ojo era café.
Coqui
fue el perrito que nunca tuve en mi casa, era el perro de la familia, vivía en
la casa de mis nonos, abuelos para los que desconocen el término, en el
Socorro, Santander, y lo veía todas las vacaciones, es decir, toda la vida,
porque nunca supe en qué momento entró a ser parte de la familia.
Cuando
viajábamos al Socorro Coqui siempre estaba ahí, salía a nuestro encuentro y nos
batía su cola dándonos la bienvenida a una o dos semanas de integración
familiar.
El
lugar favorito de Coqui, lo digo porque estaba ahí la mayor parte del tiempo,
era debajo de la mesa del comedor, supongo que era uno de los pocos lugares
frescos en medio del calor socorrano. Al momento en que nos sentábamos a
desayunar, almorzar o comer solía ocurrir el mismo accidente, alguien le pisaba
una pata al correr la silla y al oír el llanto del perrito no había otra
reacción que regañar al que había lastimado a Coqui.
Para
mis primos y para mí era una distracción que Coqui estuviera rondando el
comedor porque le hablábamos y en varias ocasiones le dábamos de lo que
comíamos por lo que nos ganábamos el llamado de atención del adulto que nos
veía en esas.
Luego
del "almuerzo" generalmente se echaba a dormir y recuerdo que roncaba,
pero una vez hecha la siesta era muy juguetón. Con mis primos lo molestábamos
mucho, si estaba en el primer piso lo hacíamos subir al segundo diciéndole que
había un gato, el perrito corría a buscar el dichoso gato y obviamente nunca
había nada.
Así
transcurrieron muchos momentos con Coqui, constantemente con la misma broma que
nunca fallaba, pues siempre lo hacíamos subir corriendo y luego de que veía que
no había gato se quedaba un rato por ahí y luego bajaba.
Uno de
los recuerdos más angustiantes de mi niñez fue cuando Coqui casi muere ahogado
en un río. Ese día estábamos de paseo con toda mi familia en algún balneario
relativamente cercano al Socorro, unos de mis primos y yo estabamos en la
piscina mientras mis tíos y nonos estaban en el río, cuando de repente llegaron
otros primos completamente asustados, gritando:¡su papá ahogó a Coqui!.
Fue un
momento de tensión y nerviosismo, inmediatamente todos salimos corriendo para
saber qué estaba pasando, viene a mi memoria ver a mis tíos y a mi papá correr
en el sentido de la corriente para rescatar a Coqui, además de las caras de
aflicción de mis primos y sus comentarios lamentando el hecho y culpando sin
duda alguna a mi papá.
Mis
tios sacaron a Coqui del agua, todos corrimos a acariciarlo y a saber la razón
de semejante susto: pues resulta que a mi papá se le ocurrió poner a nadar a
Coqui, porque, según él, obviamente todos los perros nadan, con lo que él no
contó fue con la ya mencionada ceguera del ojo izquierdo del perrito y la
posible pérdida de visión del ojo derecho, lo que, seguramente le impidió nadar.
A
medida que fuimos creciendo obviamente Coqui fue envejeciendo y ya no jugaba
como antes con nosotros, era apenas natural, su vejez se hizo evidente cuando
en unas vacaciones lo vimos con una patica rota que según nos dijeron llevaba
así un tiempo sin sanarle.
Hasta
que otras vacaciones llegamos como siempre al Socorro y Coqui no aparecía para
saludarnos, le preguntamos a mi nono y nos dijo que seguramente lo había
atropellado un camión hacía unas semanas, porque el perrito había salido de la
casa, algo que hacía a menudo pero siempre regresaba, sin embargo, esta vez no
había vuelto y a mi nono le habían dicho que vieron a Coqui muerto en una
calle.
Un
triste final para un perrito que nos hizo explorar el afecto sin importar las
condiciones físicas o apariencia.
Coqui
fue un integrante más de mi familia, que aún hoy, después de algunos años de su
muerte, recuerdo con mucho aprecio y alegría, porque nos hizo divertir en todas
esas vacaciones en el Socorro.
Esto
fue lo que me hizo recordar aquel perrito café que caminaba con gracia y
rapidez y que vi por la Avenida Jiménez entre séptima y octava un día
cualquiera mientras iba en el bus en dirección a la estación de las Aguas en octubre
de 2006.
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