viernes, 24 de agosto de 2012

El día que terminé en ¡UNA RUMBA GAY!

Era sábado de finales de octubre o comienzos de noviembre de 2007, en la ciudad se sentía el ánimo fiestero propio de Halloween, con algunos amigos habíamos pensado salir de rumba pero ninguno tenía disfraz y obvio la gracia de esa fecha es el atuendo. Luego de pensarlo toda la tarde decidimos unirnos al festejo, de particular, mejor dicho, sin disfraz.

Llegamos a la famosa zona rosa de Bogotá, las calles estaban inundadas de gente, se respiraba euforia de los disfrazados, se oían las comparaciones de los transeúntes ´normales´, había más de un encartado pues su vestido sobrepasaba sus propias dimensiones, sobraban las carcajadas de los apenados.

Como las entradas de todos los bares estaban adornadas por filas de aquellos deseosos de descontrol, decidimos caminar hasta encontrar algún sitio donde no tocara esperar o rogar para ingresar, fue así como llegamos a la 94 con 15 donde vimos un lugar con no más de 10 personas y decidimos que allí pasaríamos lo que quedaba de la noche de Halloween, ya eran como las once.

Adentro todo era alegría, gente bailando, gritando y concursando por el mejor disfraz, algo muy común para la fecha, si bien no éramos los únicos con ´ropita de trabajo´ sí nos sentíamos extraños, lógicamente pensábamos que era por no estar disfrazados pero con el transcurrir de las horas vimos que era más por nuestra condición de heterosexuales que por otra cosa.

Debo aclarar que no tengo lío con los homosexuales, por mí que viva el amor, hombre con hombre, mujer con mujer, qué importa, es mejor vivir rodeados de amor que morir por odio, pero aunque eso no es lo importante en esta historia, debo confesar que sí me sorprendió terminar en ese lugar.

Lo descubrimos cuando una del grupo dijo con asombro algo como "esas dos viejas se están rumbeando", todos volteamos a mirar (las cosas que uno hace cuando le falta calle), luego seguimos revisando meticulosamente para ver a quien más ´pillábamos´ en ese plan, con cada parpadeo aparecían más y más parejas besándose, tocándose, era increíble pero también obvio, estábamos en un bar gay.

Fue algo inesperado y jamás planeado, pero entrados en gastos ¡qué carajos! había que disfrutar, la música era buena, el ambiente también, nadie nos estaba echando o haciendo mala cara por ser heterosexuales, no íbamos a dejar de estar ahí por prejuicio.

Cuando terminó la rumba, en medio de risas la conclusión fue "estos gays sí que pasan bueno".

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