Quería conocer a un chico que se llama Alí, un árabe que por coincidencia se cruzó con mi mamá, ella me contó que había ido al lugar donde trabaja y que hablaba muy bien español.
Como buena mamá le conoció la vida en 3 minutos, que había llegado hace como 2 meses a Colombia, que tenía un almacén de telas, que el tío llevaba 20 años en el país y que se había quedado encantado, que tenía un primo y que estaba llamando a su familia.
Le dije a mi mamá que me gustaría conocerlo, que le diera mi teléfono, que le dijera que escribo en este blog, que aunque no es muy visitado es un espacio para escribir sobre todo, que me gustaría saber qué motiva a una persona a venir a vivir acá cuando otros queremos irnos.
A los dos días Alí estaba de nuevo donde trabaja mi mamá, ella le comentó y en un principio accedió a llamarme para concertar una cita para charlar, pero luego de unos minutos de reflexión Alí le dijo a mi mamá que mejor no, que cuando viniera el primo que conocía más la ciudad, que le dijera mejor a él.
Fue triste no conocer a Alí, no poder preguntarle cómo es la vida allá en Oriente Medio, si se ha sentido discriminado en este país, quería saber qué piensa del conflicto en el que vivimos, cómo se imaginaba Bogotá, a qué se iba a dedicar aquí donde todo es incierto.
No se pudo, tal vez haya creído que quería secuestrarlo o extorsionarlo, tal vez le haya dado miedo por todo lo que sale en los noticieros día tras día, me había encantado hablar con él, ya había imaginado el diálogo, de pronto más adelante accede a conversar.
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