Hoy no fue un día cualquiera, parecía que lo sería, la rutina como siempre agobiando al espíritu que se niega a doblegarse en espacios reducidos... pero no lo fue.
Hoy le vi la cara a la manipulación, fue triste, vergonzoso, no pude mirarle fijamente a los ojos, me dolió la vida.
Hoy conocí la historia de una mujer valiente a quien la vida le ha puesto pruebas que tal vez yo no soportaría, una mujer de 32 años con tres hijos, madre cabeza de hogar, víctima de desplazamiento.
Ella, vestida de negro y con cara de desolación, acudió a mi oficina buscando una salida a sus problemas, yo, que había leído un recuento de las situaciones por las que había pasado no quería causarle más daño del que ya ha vivido.
Le pregunté en que le podía ayudar, me dijo que quería irse de Bogotá, por la torpeza que se adueñó de mí quise indagar sobre los motivos que por correo ya conocía, con la voz entrecortada me dijo que se sentía insegura en esta ciudad, tomó aire, no pudo seguir hablando.
Me sentí tan mal, quería darle consuelo, decirle que todo iba a estar bien, sólo atiné a preguntarle si quería agua, le dije que no se preocupara, que ya sabía la historia, que no era necesario recordarla otra vez, suspiró y me agradeció, fui por un vaso de agua esperando que se tranquilizara, en ese momento pensé que debía demostrarle mi consideración, que esa era al menos una forma de hacerlo.
Cuando volví el sol de las 2:30 de la tarde le iluminaba la cara, parecía tener otro semblante, hablamos un rato más sobre los trámites que se debían cumplir para su solicitud, le ayudé en lo que institucionalmente era posible, ella, noble y esperanzada, se despidió agradecida, yo, en un pequeño gesto de solidaridad pasé mi mano sobre su brazo para reconfortarla, un acto tal vez inútil pero sincero, de corazón.
Me quedó la frustración de no tener cómo hacer algo más por ella, por sus hijos, ahora que escribo esto siento unas horribles ganas de llorar, se repite en mi cabeza esa charla y me veo abrazándola y llorando con ella por lo que le pasó como una manera de hacer catarsis y dejar que las lágrimas se lleven los recuerdos amargos para que su alma sane y pueda recobrar el aliento para seguir luchando por su familia.
Contrario a lo que se pudiera esperar no destila odio o rencor, se ve temerosa y ansiosa por dejar todo atrás, algo tendré que hacer para ayudarle, lo haré mi causa personal, espero más adelante tener un final feliz para esta historia.
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La víctima de la que escribo trabajaba como defensora de derechos de las comunidades indígenas del oriente colombiano, fue testigo de la planeación de una masacre presuntamente acordada entre el gobierno local y paramilitares por cuya denuncia ha sido víctima de múltiples violaciones sexuales, tortura y persecución en varias ciudades del país, han querido manipularla para que guarde silencio.
Por seguridad y confidencialidad de la información no es posible revelar su nombre y apellidos.
Las letras, mas alla de los asteriscos ****, sobran!
ResponderEliminarPara la próxima, gracias por leer lo que escribo.
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