jueves, 13 de diciembre de 2012

Medellín

La primera vez que visité Medellín viajé en bus la noche de un viernes en junio de 2007, durante las dos semanas anteriores había llovido bastante, se reportaban derrumbes en la carretera por lo que tenía cierto temor sobre las condiciones del viaje, sin embargo, comprados los tiquetes con una semana de anticipación no había marcha atrás.

Luego de algo más de una hora de viaje casi todos los que íbamos en el bus estábamos dormidos, todo era paz y tranquilidad hasta que un loco, "enmariguanado" dijo el conductor, nos despertó gritando "¡pare, pare, que nos vamos a estrellar!", abrí los ojos de inmediato y con el corazón en la mano y la cabeza confundida miré hacia todos lados para comprobar lo que decía, fue un instante de tensión que se desvaneció cuando oí la risa del conductor y noté que no era cierto.

De vez en cuando me acomodaba en la silla, revisaba llevar conmigo todos mis objetos personales y que el señor que iba a mi lado no estuviera en actitud sospechosa hacia mí, siempre he sido un poco paranoica y estando sola peor.

En uno de esos momentos vi que empezábamos a pasar por el puente que cruza el Río Magdalena, noté que era inmenso y que no se comparaba con los charcos gigantes a los que les daba ese nombre cuando estaba en el colegio, las luces del puente iluminaban el agua que se veía como una gran mancha negra, se percibía el calor en las bombillas, fue algo emotivo.

Ya comenzando el amanecer volví a despertarme y poco a poco fui viendo cómo lo urbano le robaba espacio a la montaña para abrirle camino a la ciudad, había una gran cantidad de urbanizaciones que se separaban cada vez menos a medida que avanzaba el camino, la neblina de la mañana se despejaba para convertirse en nubes, supuse que era efecto del calor que comenzaba a sentirse a pesar de la lluvia, de un momento a otro aparecieron ante mis ojos un sinnúmero de edificaciones, estaba en Medellín.


Llegué al Terminal del Sur y tomé un taxi, le dije que iba para El Poblado y ante la pregunta sobre cuál ruta escoger sólo pude tratar de fingir que conocía las vías que me estaba indicando y elegí una, nunca supe si fue una buena decisión. El señor me hablaba y yo sólo trataba de disimular que era la primera vez que estaba allí, efectos de la paranoia.

Me impresionó una valla publicitaria gigante cerca a la Plaza de Toros La Macarena que invitaba a las mujeres a quererse como son y a evitar la bulimia y la anorexia, pensé en la utilidad del mensaje para una ciudad insignia de la moda, la costura y las mujeres de medidas exuberantes.

Algo sabía sobre el sector en el cual una amiga me alojaría pero no imaginaba que se diferenciara tanto de los de la entrada a la ciudad, era un conjunto de tres torres de 18 pisos cada una, el apartamento no tendría más de cinco años de construcción, tenía un balcón desde donde se veía gran parte de la ciudad y el Aeropuerto Enrique Olaya Herrera, del cual vi despegar y aterrizar varios aviones como si estuviera jugando con una pista en frente mío.


Para no extenderme sólo diré que pasé por los lugares turísticos de la Ciudad, caminé muchísimo y en casi 50 horas traté de conocer lo que más pude, lo bonito claro está, porque si bien para esa época la situación de orden público no era tan difícil como ahora, es bastante conocido que Medellín tiene altos índices de inseguridad y delincuencia común en lugares donde por supuesto no vamos los turistas.


Vista desde el Metro Cable, medio de transporte masivo.

Luego de un maratónico fin de semana, la mayor satisfacción fue atreverme a hacer un recorrido tan largo sola, 9 horas de ida y de regreso me hicieron dar cuenta que vale la pena el agotamiento de la semana siguiente por vivir una experiencia más allá de las imágenes televisadas.

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